Mr Smith dijo que vendría, pero no sé nada de él desde ayer por la noche, cuando me llamó. Me pedía que nos viéramos aquí, en la Estación Central, pero ha pasado más de una hora. Tendría que haber estado aquí a las cinco.
Estoy sudando, mis axilas están empapadas y creo que voy a morir. Mis manos se están agarrotando poco a poco, los músculos de mis brazos se vuelven graníticos y parece que van a estallar. Si Mr Smith no llega estoy seguro de que voy a morir en breve.
Todo comenzó una mañana. Me levanté mareado. El corazón palpitaba de manera desenfrenada. Fui al baño y me miré en el espejo. Mi cara se había vuelto del color de leche, tanto que mis venas se transparentaban. Comenzó a faltarme el aire y decidí mojarme la cara.
De repente, un dolor indescriptible. Tuve que vomitar y al hacerlo expulse un asqueroso moco de color amarillo.
Fue entonces cuando mis manos comenzaron a agarrotarse, mis brazos y mis piernas empezaron a endurecerse. Parecía que iba a convertirme en una estatua. El pecho me dolía cada vez más oprimiendo mi corazón.
Desesperado salí del baño y fui a la cocina, y de camino encontre encima de la mesa del comedor un sobre de color ocre con mi nombre. Eso, no estaba allí ayer.
Dentro había una nota:
“Usted ha sido envenenado. En unos minutos su cuerpo se habrá endurecido como si fuera hormigón. El proceso es doloroso y le conducirá a la muerte. Su corazón estallará. Pero es reversible. Si se inyecta el vial que he adjuntado en el sobre, detendrá un día el proceso. Si no lo hace, morirá.
Inyéctese el vial y espere nuestra llamada. Le daremos instrucciones. Sólo queremos demostrarle que está en nuestras manos.
MR. SMITH”
Como pude me inyecté el vial, y poco a poco mis músculos empezaron a aflojarse. La opresión en el pecho cesó y la respiración fue volviéndose pausada.
No sabía que pensar, pero de lo que estaba seguro era de que esta gente iba en serio.
Llevo un par de meses investigando algo, y estoy seguro de que eso es lo que quieren a cambio de devolverme la vida.