La noche que nos vimos tú llevabas vaqueros rotos y yo las uñas mordidas de tanto esperar. Los dos habíamos bebido, y cuando nuestros ojos se encontraron vimos que estaban inundados de alcohol. Tampoco tanto para perder el control, pero sí para atrevernos a hablar y a soltar lo que pensábamos. A sacar de nuestro cuerpo la bilis, el orgullo, y las palabras que no queríamos enseñar.
Sonreimos y una cosa llevo a la otra, y nos volvimos a besar. Y después de ese encuentro, hubo muchos más, pero con el tiempo volvimos a perdernos. Y de nuevo, una noche, después de muchos años nos volvimos a encontrar. Tú más viejo y triste, yo, como siempre, cansada de esperar.
Y así en un tira y afloja vivimos una eternidad. Gastamos la vida enredándonos y volviéndonos a desenredar. Todo por el miedo de volvernos a enamorar.
Las arrugas llenaron nuestras caras, las manos perdieron su suavidad y el brillo de nuestros ojos se empezó a empañar. Dejé de vestir como una chica para vestir como una mujer. ¿Recuerdas? En esa época pensamos que tendríamos una nueva oportunidad.
Pero un día tus ojos dejaron de brillar, y te fuiste de verdad. Ahora añoro nuestras noches de batalla, las risas y el incoveniente de querernos a ratos, de amarnos a veces y de odiarnos los días impares.
Nos hicimos mayores sin querer querernos, pero temiendo perdernos. En mis sueños ahora se repite nuestra primera vez, y yo la pinto con la valentía que no tuvimos. Y sueño esa vida que quisimos pero que no nos permitimos vivir.
Un conjunto de sentimientos y sensaciones -toda una vida- que has logrado condensar en cuatro renglones transmitiendo toda la carga emicional. Enhorabuena.