Con las manos despintadas acaricio tu cuerpo y quiero que despiertes de ese sueño que te mantiene en silencio. Cuando duermes en mi cama te siento de nuevo. Espero a que me abraces, a que me beses y me digas que estoy preciosa cuando duermo.
A veces haces daño sin pretenderlo, a veces rompes las cosas más bonitas y frágiles del mundo. Cuando te das cuenta del daño que has causado, te sientes lleno de tristeza y tratas de recomponer los pedazos, intentando que el sol vuelva a brillar de nuevo.
Tan sólo necesitaba eso. Un lugar en el que pasar las noches al abrigo de mis sábanas y de las estrellas. Un lugar en el que guardar las cosas que trasladé metidas en dos coches. Ahora, por las noches, miro el cielo de Madrid desde mi pequeño balcón y siento que al fin he encontrado un lugar en el que poder dormir.
Recuerdo que conocí a alguien que me contó que había perdido la ilusión.
Y resulta que ahora yo me siento así.
Me falta la chispa de la vida.
¿Quién me deja un mechero?
Busco al perfecto caballero, al principe encantador, al ilusionista que me devuelva la ilusión con la magia de sus palabras y el brillo de sus besos. Busco al imposible, al amigo, amante y confidente. Busco al protagonista de mis sueños, a aquel capaz de besar mis mejillas y mis labios. Ofrezco cariño y conversación, risas y noches estrelladas… y suspiros de niña enamorada.
Hace calor, noto como perlas de sudor van invadiendo mi espalda. El termómetro de la habitación marca 30º. Las paredes se derriten y la sábana pesa como no lo ha hecho nunca antes. La ventana está abierta, pero no entra nada de aire.
Bebo agua, la siento correr por mi garganta. Desnudos contemplamos el techo como si buscaramos las estrellas, y en las palmas de nuestras manos dibujamos la noche inacabada. Hace calor y nuestros cuerpos se buscan ardiendo, caliente la sangre, quemando los besos.
Estoy feliz, soy feliz. Nada ni nadie puede empañar eso. Llevo tres semanas de serenidad absoluta, de calma. Me gusta lo que hago en el trabajo, me gusta la gente que me rodea y aunque echo de menos a cierta persona no dejo de pensar en sus palabras.
El lunes, me dejo una amiga para emprender un nuevo viaje algo diferente al iniciado juntas a principio de curso, cuando apenas nos conocíamos. Es increible todo lo que me ha escuchado y aguantado: mi tristeza, mi soledad, mis desamores, mis agobios, y mis lágrimas. Sin embargo también hemos reido, hemos salido de fiesta, hemos cenado y nos hemos contado todo. Hemos convivido en definitiva.
Ahora cuando paso junto a la puerta de su habitación siento un pequeño vacio pero a la vez siento alegria porque no olvido sus palabras: -De esta casa me llevo una amiga-. Y es cierto yo también he ganado a una amiga.
Soy feliz y nadie puede empañar eso, ni mi carcelero
(Hace un tiempo estuve rota por dentro pero ya no y en parte mi estabilidad te la debo a ti)
Hoy hace sol. La plaza está repleta de personas que viven sus últimas horas, que no saben que el mañana no llegará jamás, que no saben que hoy es ahora. Y tú desde el cielo de tu sonrisa miras a la gente pasar y yo no quiero que te vayas. Hay un niño que se columpia intentado llegar a lo más alto. Como nosotros… cuando sorbíamos las últimas gotas de fin de semana.
Hoy hace sol y lo que siento es lo más cercano a lo que entiendo por felicidad. De tus dedos caen hojas de calendario y los días vuelven a ser cortos y las noches largas. Las lágrimas se han ido y han dado paso a un eterno mar de calma.
Hoy hace sol en mi noche y ya no siento que pierdo el tiempo porque me tengo a mi misma y me quiero. Ya no creo en las hadas ni en los principes de cuento. Vivimos tiempos extraños, como nuestros cuerpos que fueron uno y estallaron en mil pedazos de luz. Vivimos momentos extraños pero hoy hace sol y tú aún brillas en mis recuerdos.
La semana que concluyó ayer ha sido de lo más interesante. Han hecho mil y una definiciones de mi persona. Me han dicho que soy inestable, una desequilabrada. Que soy tierna y que estoy confundida, enamorada. Me han dicho que soy normal pero que tengo dudas, que lo que llevo escrito en la espalda es barato… Que soy una loquita, una chica atrevida…
Y la pregunta es qué tanto por ciento de todo esto es verdad. ¿Se corresponde la imagen que yo tengo de misma con la que proyecto y perciben los demás?
Desequilibrado, desequilibrada: La RAE dice que es aquel que tiene falta de sensatez y cordura, llegando a parecer loco a veces. Desequilibrada… ¿Y eso lo digo yo de mi misma? Buena definición de lo que soy. Pero es una definición irónica, es un adjetivo que me permite reirme de mí.
Loca, no. No estoy loca. Pero aún así ¿no es este un mundo de locos? ¿Sensata? Creo que sí. Realmente el adjetivo que mejor me define es impulsiva.
¿Por qué desequilibrada? ¿Por qué digo a veces que soy una desequilibrada? Supongo que porqué durante un tiempo estuve en tratamiento con una psiquiatra y una psicóloga. Pero no porque me faltara cordura o sensatez, si no porque me faltaba autoestima.
Creo que este es uno de los pocos post reflexivo personales que no sólo sirven para que vomite todo lo que bulle en mi cabeza. Este es un post para alertar, para dar ánimo, esperanza.
Con 17 años empecé a vomitar lo que comía. Sentía mucha presión por los estudios, por lo que se esperaba de mí, a pesar de tener unas notas increibles. Y además no me sentía bien con mi peso aunque estaba delgada.
Estuve alternando episodios de bulimia con anorexia hasta los 19 años. Y entonces decidí que necesitaba ayuda. La universidad, dejar el colegio… Iniciar una nueva etapa me daba miedo, y eso acrecentó mis problemas con la alimentación hasta que dije basta.
Y así empecé una terapia. Y puedo decir que la medicación no fue lo que más me ayudó. Fue hablar, entender, empezar a quererme tal como soy. Yo fui la que pidió ayuda, consciente de que caminaba por el filo de una navaja de hoja muy afilada.
Pero hoy, desequilibrada, no. Valiente, no sé. ¿Atrevida? Quizá. Lo que sé es que desde entonces trato de superar mis temores. Tenía miedo a la gente, era tímida y empecé a hacer teatro, a ir a clases de pintura… Tenía miedo de enfrentarme a los demás y ahora ya no lo tengo. Pensaba que no podría acabar un proyecto y conseguí terminar la carrera. Pensaba que no sería capaz de dejar mi casa y ahora vivo sóla en la capital y estoy acabando un master.
No quiero que nadie más menoscabe mi persona. Yo sé lo que valgo. He oido demasiadas veces que no servía para nada. Ya no me lo creo. La autoestima es algo que debería trabajarse más, debería haber una asignatura que se llamara así en los colegios. De la bulimía se puede salir. Yo sigo intentándolo todos los días. Cuando vine a vivir a Madrid, mi mayor miedo era descontrolarme con la comida, pero de momento no va mal la cosa. La comida es placer, es alimento, no es castigo.
El proposito de este balance semanal es seguir intentando sobrevivir a pesar de lo que digan. Tengo bastantes cosas claras y una de ellas es que no dejaré de luchar. Soy lo que soy.
Creo que esto no va bien. He vuelto a las andadas, al desequilibrio, al camino equivocado. He vuelto a perderme por la senda del amor y del desamor. A los celos, a la indiferencia, al despecho, al dolor y a todas esas sensaciones y sentimientos que me atormentan y no me dejan pensar con claridad. He vuelto a escuchar Muse y eso no es bueno porque Muse me trae recuerdos. Recuerdos de otras heridas, de dolores pasados pero también de horas de sueño, de momentos compartiendo humo y de noches de sábado.
El sábado conocí a alguien que me dijo que lo que llevo tatuado en la espalda es filosofía barata. Es posible. Quizá sí, o quizá no. “Lo que no me mata me fortalece” me recuerda que nada ha sido fácil, que los ríos de mi vida han estado turbios y embravecidos mucho tiempo. Me recuerda que a pesar de que a veces no era capaz de ver luz al final de mi tunel, siempre he encontrado el interruptor. Y así llevo 27 años, demostrándome a mi misma y al mundo que efectivamente si la tormenta no ha hundido mi barco al menos me ha enseñado algo.
Eso sí, soy humana y cometo errores, y a pesar de las cosas aprendidas a veces sigo cayendo. Quiero pensar que este dolor que me atenaza no me va a matar, simplemente me hará cambiar. Me hará un poco más sabia y más fuerte.
Ayer cuando volvía a casa, el metro iba como casi siempre, atestado de gente. La verdad es que me fijo mucho en quien viaja a mi alrededor. Suelen ser personas de gesto cansado, absortas en un libro, encerradas en la música, perdidas en sus pensamientos. Cuando faltaban pocas paradas para llegar a mi destino entró una chica negra. Empujaba un carrito en el que iba una niña, probablemente su hija, vestida de chulapa. La verdad es que era muy graciosa. Tenía unos preciosos y grandes ojos oscuros y en el pelo llevaba enganchada una enorme rosa roja. La niña miraba aquí y allá con inquietud. A veces, me pregunto cómo será observarlo todo desde la perspectiva de un niño, desde su altura. ¡Todo parece tan grande y nosotros tan pequeños!
Pero lo que quería contar, lo que me llamó la atención fueron esos ojos oscuros, inocentes, curiosos, risueños…. Pensé que es triste no ser consciente durante la infancia de lo valiosa que es esa mirada, de lo especiales que somos: puros, confiados, felices, deseosos de conocer lo nuevo. Y luego crecemos, y nos damos cuenta de lo sencillo que era todo cuando eramos pequeños. Claro que nuestra vuelta al pasado, nuestro flashback lo hacemos siendo adultos y no recordamos que de niños, lo que hoy es muy fácil entonces suponía un problema. Aprender a atarme los cordones fue un gran reto. Lo que está claro es que nuestro mundo funcionaría mejor si de vez en cuando, lo miráramos con los ojos de los más pequeños.